lunes, 29 de julio de 2013

RAYUELA: INSTRUCCIONES PARA SALIR ILESO

RAYUELA: INSTRUCCIONES PARA SALIR ILESO
Fuente: http://revista.escaner.cl/node/6938
Rayuela: Instrucciones para salir ileso
Todo lector de Rayuela percibe de inmediato el acaudalado bagaje de lecturas que forma el andamio intelectual con cuya ayuda Cortázar levanta su novela. Esas lecturas aparecen a lo largo del libro a veces como puntos de apoyo sobre los cuales hace palanca la obra, otras, simplemente como nervaduras invisibles o semivisibles que alimentan o sostienen sus páginas”.
Jaime Alazraki (Prólogo a Rayuela, reedición Biblioteca Ayacucho)
Carlos Yusti
En esa montaña rusa (que es la experiencia lectora/leída) con sus movimientos de serenidad y de vértigo hay libros ( y autores) que te persiguen toda la vida aunque uno no se encuentre huyendo de manera abierta y declarada; libros que forman parte de tu arsenal espiritual, de tu trinchera para resguardarte de la artillería sostenida de la deshumanización y la estupidez que a diario te bombardea.
Rayuela, esa novela que escribió Julio Cortázar como un exorcismo y un recorrido de iluminación zen (el título pensado por el escritor para la novela en principio fue Mandala), especie de viaje místico hacia ese abismo personal del ser. Dicho así la trama de una novela que es dosenuna parece simple, pero zambullirse en sus páginas y personajes, más que en una trama especifica en sí, puede resultar resbaladizo para no utilizar la palabra peligroso. Su lectura te dejas marcas y moretones, nadie sale indemne de su lectura.
En mi biblioteca hay varias versiones, desperdigadas aquí y allá como pétalos de una flor exótica y cambiante. La razones para esta obsesión rauyuelesca la ignoro, pero he logrado contabilizar alrededor de 15 ediciones en español de países distintos, y sin duda incluiré la última edición en homenaje a sus 50 años. Novela que no envejece y la cual en el momento de su publicación resultó experimental y un tanto vanguardista, pero hoy su propuesta de los dos novelas en una resulta una especie de fuego/juego de artificio con esa subrayada petulancia tan argentinosa.
Lo que importa de Rayuela no es tanto su estuche (o sus pretensiones de puzzle que buscar hacer participe al lector), sino esa forma especial con los cuales Cortázar amasó a sus personajes; personaje, que al igual que en esas grandes novelas etiquetas como clásica adquieren vida autónoma, relegando a su autor al papel de secretario de esas pasiones tan humanas que de alguna manera se traspapelan con las pasiones de los lectores. Personajes que son vitrinas, espejos y ventanos donde el lector se pierde de manera irremediable.
Leí Rayuela en el bachillerato a instancias de mi profesor Humberto Gonzáles (hoy gran amigo de ruta) y no entendí nada. En primer lugar debido a que novela era culta e inteligente. Yo estaba acostumbrado a la novelitas vaqueras y las policiales, sin mencionar que mi pedigrí era más bien barriobajero. En consecuencia mis ignorancias veleidosas eran muchas. Lo segundo su lenguaje era luminoso, cuidado, poético y con la cotidianidad metida en las uñas lo que le proporcionaba a cada frase, a cada párrafo una música, un ritmo vivo permitiendo que los personajes no fueran muñecos con hilos y que las circunstancias que atravesaban tuvieran ese tufo portentoso de la vida. Lo tercero era esa magia de juego cósmico que se respiraba a cada página y para completar el cuadro la novela es también una indagación del devenir novelesco, de la novela como género e incluso el autor a veces aparece en sus páginas como personaje circunstancial desmoronando esos sutiles límites entre la realidad y la ficción.
Leer Rayuela después que la vida te ha enseñado/propinado algunas lecciones y que los libros han ido cayendo en tu alma como una tenue lluvia mientras caminas en la intemperie hacia ti mismo, en una experiencia más vital que existencial. Desde esta perspectiva la novela de Cortázar se vuelve un tributo a la vida soñada desde el arte y esa libertad apremiante de contravenir todas las convenciones sociales para darle un chance a lo humano.
No recordar pasajes de novela es inevitable. No amar a La Maga es imposible y no detestar a Horacio Oliveira por cabrón y lúcido es improbable. Hay pedazos del libro que siguen a todas partes como los diálogos entre la Maga y Horacio cuando la ruptura es inminente. O aquel fragmento erótico escrito con todo el amor y el impudor posible en glíglico, ese lenguaje inventado por la Maga que uno entiende a la perfección cuando de sexo se trata. También está la carta que le escribe La Maga a su hijito muerto y que te hace llorar por dentro. O ese personaje de una ternura infantil increíble como es la pianista Berthe Trépat. Y no digamos todos los extrañísimos personajes que conforman El club de la serpiente. Luego esta la música (y sobre todo el jazz) que se cuela a lo largo del libro como telón de fondo y ese París de reverberaciones ficticias y pulsaciones metafísicas o poéticas que es como ese otro personaje tan de encantamiento, tan de invento sobrenatural.
Si algún lector quiere salir ileso de Rayuela, la mejor manera es que no la lea, pero si hace semejante estupidez se perderá una historia que rompe todas las premisas, escrita con girones de vida entre lo poético y un fluir a contracorriente que busca redefinir la novela como género y la literatura como materia fecal para alimentar ocios bien administrados. La lucidez de Rayuela radica en su planteamiento de fondo: el hombre y sus inventos intelectuales para domesticar su sentido de lo humano. La vida es un reinventarse a cada tanto, no dejarse morir antes de tiempo por esos hábitos mecánicos de convivencias, por esas fachadas de intelectualidad que se elevan por encima de todo y todos.
Horacio crítica a La Maga su irresponsabilidad sin seso, su ignorancia luminosa, mientras él que es la inteligencia se oscurece en sus meditaciones metafísicas y existenciales. La Maga vive y Horacio está allí analizando la vida mientras pasa. No por casualidad Horacio en la novela piensa: “Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, (…) Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe…”
Y de eso se trata. Más que pensar en el río (o verlo fluir) es necesario nadar aunque uno no se de por enterado. El río como la vida pasa una sola vez o viceversa.

viernes, 22 de febrero de 2013

Por las 51 VICTIMAS!

Hoy 22.02.2013  se cumple un año de la tragedia de la estación de Ferrocarriles Once, 51 personas murieron culpa de la corrupción y la desidia, que siempre golpea a los más vulnerables, a los indefensos.
Simplemente mi adhesión, y mi deseo de que se haga JUSTICIA.

martes, 6 de noviembre de 2012

Leonardo Favio..adiós a un grande del arte nacional y popular

El notable actor, director de cine y cantante Leonardo Favio, que marcó a fuego la cultura argentina, falleció ayer a los 74 años en el Sanatorio Anchorena a consecuencia del agravamiento de un cuadro de afecciones crónicas que sufría desde hacía años y que en los últimos tiempos había provocado un marcado deterioro en su estado general de salud.


Favio es uno de los directores más importantes de la historia del cine argentino, al que legó títulos como "Crónica de un niño solo", "El romance del Aniceto y la Francisca", "El dependiente" y "Perón, sinfonía de un sentimiento".

Nacido como Fuaf Jorge Jury en Luján de Cuyo (Mendoza) en 1938, Favio construyó a lo largo de una extensa carrera artística y, fundamentalmente desde el cine, una estética personal en la que reconoció y expresó una filiación y pertenencia ideológica, resaltando la dimensión afectiva que incorpora a la política argentina el Peronismo como novedad histórica.

Llega a Buenos Aires antes de los '50 para el servicio militar y años después impresiona a directores como Leopoldo Torre Nilsson, que buscan para sus películas personajes jóvenes con contradicciones.

De la mano de Torre Nilsson apareció en películas memorables, como "El secuestrador" (1958), "La casa del ángel“ (1960), "Fin de fiesta“ (1961), que lo impusieron como actor, mientras que comenzaba a la ganarlo la idea de convertirse él mismo en director, tarea en la que comenzó con un par de cortos, debutando en el largometraje con una obra maestra que tituló "Crónica de un niño solo“ en 1964.

El filme, con claras referencias a su propia infancia que incluyó pasajes dolorosos en reformatorios, tuvo un inmediato aval de la crítica especializada y sirvió de toque de atención a los amantes del cine.

En esa época comienza su carrera como cantante, obteniendo una fuerte respuesta popular y masiva con temas propios y ajenos que se convirtieron en éxitos del momento como "Ella ya me olvidó", "Fuiste mía un verano" y "Para saber lo que es la soledad".

"Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza, y unas pocas cosas más“, es el título completo de la segunda película de Favio, que estrenó en 1967.

Adaptación del cuento "El cenizo", de su hermano Jorge Zuhair Jury, esta segunda película tuvo como figuras principales a Federico Luppi (su primer protagónico en el cine), Elsa Daniel, María Vaner y al hasta entonces locutor Edgardo Suárez.

La película recibió los ocho premios de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina y es considerada, por buena parte de la crítica local, como una de las mejores de su filmografía.

La tercera, y cierre de aquella trilogía fue "El dependiente", casi un "a puertas cerradas" con insuperables trabajos de Graciela Borges, y el recordado actor uruguayo Walter Vidarte.

En 1967 se une a María Vaner, con quien convivió hasta 1973, actriz que debió marchar al exilio en 1974 con los dos hijos de ambos, luego de ser amenazada por la Triple A.

Favio siguió el camino de Vaner, a partir del establecimiento de la dictadura militar en 1976, pero no fue a España como su ex mujer sino que se estableció en Colombia, vinculándose sentimentalmente con Carola, su segunda esposa.

En 1972 fue invitado por Juan Domingo Perón a acompañarlo en el chárter que lo regresaría a la Argentina tras su largo exilio el 17 de noviembre.

Con la vuelta a la democracia en 1973, y en coincidencia con su activa militancia política que volvía al primer plano, Favio lanzó la que se convertiría en su una suerte de obra cumbre, "Juan Moreira“, estrenada el 25 de mayo de ese año.

Inspirada en el relato homónimo de Eduardo Gutiérrez, pero con la impronta de su hermano Zuhair Jury y la locura que él mismo le aportó pudo contar la historia de este antihéroe y su relación con la política, la violencia y la muerte.

El tema, encarado esta vez en colores, con un diseño de producción que mostraba claramente su pasión por los relatos nacionales y populares, con una memorable actuación de Rodolfo Bebán, convirtieron a la película en un éxito de más de dos millones de entradas.

En junio de 1973 fue designado para conducir el acto del retorno definitivo de Perón a la Argentina, el 20 de junio, que derivó en un enfrentamiento armado entre diferentes corrientes conocido como la Masacre de Ezeiza, en el que el artista intentó detener la violencia, sin conseguir su propósito de detener la tragedia que lo marcó a fuego.

En 1975 estrenó "Nazareno Cruz y el lobo“, inspirado en una radionovela del escritor Juan Carlos Chiappe, película con la que llegó a la cumbre del éxito.

Si bien no existe un registro exacto de los espectadores que la vieron, se sigue considerando al filme de Favio protagonizado por Juan José Camero y Alfredo Alcón, como el más taquillero de la historia del cine nacional, superando incluso a "El santo de la espada“ y "El secreto de sus ojos“.

Los personajes elegidos por Favio en esta etapa están condenados a un destino trágico, sean míticos, fantásticos, o los reales de "Soñar, soñar“, su película menos vista, en la que reunió a Carlos Monzón con el cantante Gian Franco Pagliaro, estrenada en coincidencia con el golpe militar de 1976.

Durante buena parte de la dictadura, Favio emprende su vuelta a la balada romántica, con la que recorrió toda América Latina y con la que logró imponerse en varios países, un paréntesis de cine que se extendió hasta 1987.

De esos tiempos son discos como "En concierto en Ecuador“ (1978), "Aquí está Leonardo Favio“ (1983), "Yo soy“ (1985), ôAmar o morir“ (1987), "Más que un loco“ (1988), además de numerosas presentaciones en vivo frente a multitudes.

"Gatica, el mono“ (1993) lo llevó a la reconstrucción histórica: viajar hasta la década del '50, el momento en que coincidieron el púgil José María Gatica con Juan Domingo Perón, una obra para la que convocó al entonces debutante Edgardo Nieva, reencuentro de Favio con el mejor cine y el éxito.

Si bien nació como un encargo, el documental "Perón, sinfonía del sentimiento“ (1999) se convirtió en una de sus obras más personales, tanto por el tema y la pasión que implicaba, como por su forma de encarar una historia que parecía inabarcable.

El filme fue dedicado a Héctor J. Cámpora, Hugo del Carril, Ricardo Carpani, Rodolfo Walsh y al grupo de trabajadores y estudiantes del Grupo Cine Liberación, que impulsaron Fernando Solanas, Octavio Getino y Gerardo Vallejo.

En la última década, y ya con un serio problema de salud (polineuritis) que impedía su fácil movilidad, Favio volvió a la carga con un sueño: el de convertir en ballet cinematográfico a "Aniceto“, tal como se llamó el filme protagonizado por Hernán Piquín, con música de Iván Wyszogrod, que ganó nueve premios Cóndor de Plata.

Su último trabajo fue "La buena gente“, uno de los cortos integrantes del grupo de los dedicados al Bicentenario producidos por la Secretaría de Cultura de la Nación.

En carpeta Favio atesoraba "El mantel de hule“, una historia en la que incluiría muchas referencias personales relacionadas con su infancia en Mendoza.

De todos los grandes creadores de la historia del cine nacional, Favio fue el más genuino y el más identificable, curiosamente también el más exitoso.

En su última aparición frente a público al recibir en 2009 los Cóndor de Plata por "Aniceto" predijo: "Nadie podrá decir de mí que fui un desagradecido", y lo demostró agradeciendo el presente político y cultural de la Argentina, "... con el que soñaba desde chico“, dijo.

Fuente:
http://www.losandes.com.ar/notas/2012/11/5/murio-leonardo-favio-emblema-cine-nacional-677933.asp

miércoles, 10 de octubre de 2012

Vivir es darse...

Publicado por aucalatinoamericano


Eduardo Galeano

La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando hasta que le vuelan el fusil de las manos. Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogaron uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara. Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir 40 años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino. En el pueblito de La Higuera, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.

Campanadas por él

¿Ha muerto en 1967, en Bolivia, porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O ha muerto nunca, en ninguna parte, porque no se equivocó en lo que de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras? Creía que hay que defenderse de las trampas de la codicia, sin bajar jamás la guardia. Cuando era presidente del Banco Nacional de Cuba, firmaba Che los billetes, para burlarse del dinero. Por amor a la gente, despreciaba las cosas. Enfermo está el mundo, creía, donde tener y ser significan lo mismo. No guardó nunca nada para sí, ni pidió nada nunca. Vivir es darse, creía; y se dio.

Del libro Memoria del fuego, El siglo del viento III